Hace unas semanas, mientras recorría Instagram, me detuve en una publicación que hablaba de Christian Louboutin y de algo tan conocido como aparentemente sencillo, la suela roja de sus zapatos.
La reflexión partía de una idea interesante.
Una suela roja no hace que un zapato cumpla mejor su función, no permite caminar mejor, no lo hace necesariamente más cómodo ni modifica aquello para lo que, en esencia, fue creado.
Y, sin embargo, basta verla para reconocerlo.
Hablaba, en definitiva, de identidad.
Aquella publicación terminaba formulando una pregunta que, por alguna razón, se quedó conmigo: ¿Cuál es tu suela roja?
No seguí pasando publicaciones. Me traje la pregunta conmigo.
Había algo en ella que me había atravesado y, de alguna manera, me retaba. Y reconozco que no es fácil que una pregunta lo haga, quizá porque, detrás de su aparente sencillez, había algo mucho más difícil de responder.
Porque, pensándolo bien, encontrar nuestra propia suela roja quizá no sea tan fácil como parece. Y no lo es.
Llevada la pregunta a mi propio ámbito, el jurídico, comencé casi de manera automática a hacer una relación de aquellos aspectos que podían definir mi manera de ejercer: mi forma de entender el Derecho, de estudiar un asunto, de analizarlo, de plantear una estrategia, de gestionar un conflicto o de asumir la defensa de los intereses de un cliente.
Podía seguir añadiendo elementos; experiencia, estudio, criterio, responsabilidad, dedicación, una determinada forma de relacionarme con quienes depositan su confianza en mí.
Pero, cuanto más larga se hacía la lista, menos convencida estaba de haber encontrado la respuesta. Y ahí me detuve.
Porque, en el fondo, no se trataba de definir qué hacemos ni cómo lo hacemos.
Se trataba de algo mucho más difícil: la identidad.
Puedo enumerar cómo estudio un caso, cómo preparo una estrategia, cómo me comunico con un cliente o cómo reacciono ante la presión de un plazo. Pero eso no deja de ser un inventario, un catálogo de comportamientos.
Y un catálogo se puede copiar, se puede enseñar. Incluso se puede reproducir en un manual de despacho.
La identidad, en cambio, difícilmente puede copiarse.
Porque quizá no esté en cada una de esas piezas por separado, sino en la forma particular en que todas ellas se relacionan cuando llega el momento de actuar.Por eso terminé haciéndome una pregunta mucho más directa:
¿Hasta qué punto mi personalidad está vinculada a mi forma de ejercer?
Consciente de que la técnica se aprende y la experiencia se acumula, comprendí que la manera de mirar se construye con mucho más que ambas.
En nuestra forma de mirar interviene lo estudiado, por supuesto, pero también lo vivido. Nuestra curiosidad. Nuestros errores. La capacidad de escuchar. Los valores. Incluso aquello a lo que, casi instintivamente, prestamos atención mientras otros quizá pasan de largo.
La formación y la experiencia nos proporcionan herramientas, conocimiento y criterio, pero no explican por sí solas nuestra manera de mirar.
Ante una misma realidad, no todos prestamos atención a lo mismo, formulamos las mismas preguntas ni recorremos el mismo camino para encontrar una respuesta.
Y quizá sea precisamente ahí, en esa forma particular de mirar, donde empieza a asomar algo mucho más difícil de aprender o de reproducir nuestra identidad.
Porque probablemente nuestra identidad profesional no se encuentre únicamente en qué hacemos, sino también en desde dónde lo hacemos.
Y quizá sea precisamente en esa distancia, entre el qué y el desde dónde, donde empieza a aparecer nuestra particular suela roja.
Puede que no sea una característica extraordinaria, ni algo diseñado deliberadamente para distinguirnos. Puede que ni siquiera sepamos identificarla con facilidad, precisamente porque forma parte de nuestra manera natural de hacer las cosas.
Quizá nuestra identidad profesional no sea una característica concreta que podamos aislar y señalar.
Quizá sea la forma singular en que todo lo que somos termina manifestándose en aquello que hacemos.
Y entonces entendí algo más de aquella publicación que había encontrado casi por casualidad.
La suela roja no se explica. Se ve cuando caminas.
Tal vez por eso resulte tan difícil identificar la propia.
Podemos reconocer con facilidad aquello que sabemos hacer. Podemos hablar de nuestra formación, de nuestra experiencia, de nuestras capacidades e incluso de aquello que creemos que nos diferencia.
Pero la identidad es otra cosa.
Y, a veces, son los demás quienes empiezan a reconocerla antes que nosotros.
Quizá, después de todo, aquella pregunta aparentemente sencilla que encontré mientras recorría Instagram, en una tarde de verano, merezca que nos detengamos un momento antes de responderla. ¿Cuál es tu suela roja?
