Hoy, en este espacio, planteamos una reflexión sobre la identidad, las renuncias y las posibilidades que permanecen abiertas.
Porque, hay lecturas que nos invitan a detenernos, y con ello a detener temporalmente el tiempo.
No necesariamente porque nos descubran algo desconocido; o sí, sino porque consiguen poner palabras a experiencias que, de una manera u otra, forman parte de nuestra propia existencia.
Hace unos días leí una reflexión de Juan Torres, titulada «El duelo por el «yo» que nunca fuiste«, publicada en LinkedIn. Ya de por sí el título impacta.
Retada por el sentido, de esaas primeras palabras, de manera inmediata mi mente impacto tras la lectura del texto, no pude por menos adentrarme en la esencia del mismo, si bien es cierto que lo desarrolla desde su perspectiva profesional, como sabrá el lector de este espacio, mi inclinación es siempre llevarlo al ámbito profesional.
Ahí descubrí que su planteamiento inicial, me condujo hacia una realidad profundamente humana, esto es, el duelo que podemos experimentar por aquellas versiones de nosotros mismos que imaginamos, deseamos o proyectamos y que, por distintas circunstancias, nunca llegaron a existir.
No hablamos necesariamente de grandes fracasos, a veces y en ocasiones indicantemente se trata de las decisiones que no tomamos, caminos que no recorrimos, oportunidades que dejamos pasar o proyectos que quedaron suspendidos en algún momento de nuestra vida.
Otras veces, sencillamente, la existencia tomó una dirección diferente de aquella que habíamos previsto.
Y entonces aparece una pregunta que rara vez nos formulamos abiertamente, y que particularmente me surgió a raíz de la lectura de tan magnifico planteamiento que nos realizar el autor, y es,
¿Qué sucede con todas esas personas que pudimos haber sido y nunca llegamos a ser?.
El duelo por las vidas que no vivimos
Estamos acostumbrados a asociar el duelo con la pérdida de alguien o de algo que formó parte de nuestra realidad, sin embargo, ¿podemos experimentar una forma de pérdida ante aquello que nunca llegó a materializarse?.
La profesión que no ejercimos, la decisión que no nos atrevimos a tomar, la relación que no prosperó, el proyecto que aplazamos hasta que dejó de ser posible, incluso la vida que no vivimos.
Incluso aquella imagen idealizada de nosotros mismos que construimos cuando todavía desconocíamos buena parte de lo que la vida nos iba a enseñar.
No todas esas renuncias fueron voluntarias; algunas quizá, estuvieron condicionadas por nuestras circunstancias, nuestras responsabilidades o por acontecimientos que escapaban completamente a nuestro control.
Y reconocerlo importa, porque aceptar el pasado no significa necesariamente justificarlo, ni comprender nuestras decisiones implica negar lo que pudieron costarnos.
Hay pérdidas que merecen ser reconocidas, aunque aquello que perdimos nunca haya llegado a existir.
Pero ¿y si la historia no terminara ahí?
La lectura del artículo de Juan Torres me llevó también hacia otra reflexión.
Habitualmente contemplamos el paso del tiempo desde la perspectiva de aquello que vamos dejando atrás.
Las posibilidades que desaparecen, las decisiones irreversibles, los sueños que ya no podremos realizar, pero existe otra dimensión de nuestra identidad que quizá recibe menos atención.
La persona en la que nos hemos convertido sin haber imaginado jamás que podríamos llegar a serlo.
Y es desde ahí, dando un pequeño giro a la cuestión planteada inicial, es desde donde, nace este `pensamiento escrito, porque no todo lo que somos hoy estaba contenido en nuestros proyectos de juventud.
Hay capacidades que descubrimos tarde, fortalezas que desconocíamos, intereses que surgieron cuando creíamos tener perfectamente definido nuestro camino, y formas de comprender la vida que únicamente pudieron aparecer después de haber atravesado experiencias que nunca habríamos elegido.
A veces, la vida no nos convierte en quienes soñábamos ser, sino en alguien que todavía no teníamos la capacidad de imaginar.
La madurez; por tanto, no es únicamente renuncia
Existe cierta tendencia a interpretar la madurez como una etapa de aceptación de los límites., y, en parte, lo es.
Madurar implica comprender que no todas las posibilidades permanecen abiertas indefinidamente y que nuestras decisiones tienen consecuencias.
Pero reducir la madurez a una sucesión de despedidas sería ofrecer una visión incompleta de la existencia.
Porque también puede ser una etapa de transformación.
No todas las versiones de nosotros mismos que dejamos atrás están definitivamente perdidas.
Algunos sueños ya no podrán realizarse; otros por el contrario, pueden adquirir una forma diferente, y algunos, incluso después de muchos años, pueden encontrar una expresión que jamás habíamos contemplado.
Quizá la verdadera madurez consista en aprender a distinguir entre aquello que debemos dejar marchar y aquello que todavía merece una oportunidad.
No somos únicamente el resultado de las decisiones que tomamos, también somos el resultado de lo que aprendimos después de tomarlas.
Y porque no decirlo, en ocasiones nos encontramos con el asombro de reconocernos diferentes
Hay un momento especialmente interesante en nuestra evolución personal.
Aquel en el que miramos hacia atrás y advertimos que ya no somos exactamente quienes éramos, no porque hayamos dejado de reconocernos, sino porque hemos incorporado experiencias, conocimientos, convicciones y capacidades que han transformado nuestra manera de estar en el mundo.
Y quizá entonces descubramos algo inesperado.
Que mientras lamentábamos algunas de las personas que nunca llegamos a ser, apenas habíamos prestado atención a aquella en la que nos estábamos convirtiendo.
Esto no significa que toda transformación sea positiva, ni que el paso del tiempo garantice sabiduría, tampoco que debamos sentirnos satisfechos con todas nuestras decisiones.
Significa, sencillamente, que nuestra identidad no tiene por qué quedar definitivamente determinada por las expectativas que construimos en el pasado.
Seguimos siendo personas en evolución, y mientras exista capacidad para decidir, aprender y transformar nuestra manera de vivir, también existirán posibilidades que todavía no conocemos.
Quienes ejercemos la abogacía conocemos bien el peso de las decisiones.
Trabajamos con sus consecuencias, con los conflictos que provocan, con las expectativas que se frustran y, en ocasiones, con la necesidad de reconstruir proyectos personales o familiares que parecían definitivamente establecidos.
Pero hay una enseñanza que trasciende nuestra profesión.
No siempre podemos modificar lo sucedido, no siempre podemos recuperar aquello que perdimos, y no siempre existe una solución capaz de devolvernos exactamente al punto en el que habríamos querido estar.
Sin embargo, reconocer los límites del pasado no equivale a renunciar a nuestra capacidad de construir el futuro.
Tal vez por eso resulte tan importante no contemplar nuestra trayectoria únicamente desde la perspectiva de lo que pudo haber sido, también merece especial atención aquello que hemos conseguido ser, incluso cuando no estaba previsto.
Si, puede existir duelo por la persona que nunca llegamos a ser, pero también el descubrimiento, con los años, de alguien que jamás imaginamos que podríamos llegar a convertirnos.
Quizá no exista una respuesta universal.
Tal vez ambas experiencias nos acompañen, en distintos momentos y con diferente intensidad.
Pero me gustaría terminar con una idea.
No siempre podemos elegir quiénes fuimos.
No podemos recuperar todas las vidas que dejamos atrás.
Pero quizá todavía tengamos mucho que descubrir acerca de quiénes podemos llegar a ser.
Y puede que, algún día, al mirar hacia atrás, comprendamos que nuestra mayor transformación no consistió en alcanzar la vida que habíamos imaginado, sino en descubrir una que ni siquiera sabíamos que era posible.
Porque la vida no es únicamente la historia de quienes no llegamos a ser, también es la historia, todavía inacabada, de quienes seguimos aprendiendo a convertirnos.
Referencia que inspira esta reflexión: Juan Torres, «El duelo por el “yo” que nunca fuiste», publicado en LinkedIn.https://www.linkedin.com/pulse/el-duelo-por-yo-que-nunca-fuiste-juan-torres-ufhqe
