VOLVEMOS A LA PICARESCA

VOLVEMOS A LA PICARESCA

             O mucho me equivoco, o volvemos al Lázaro de Tormes; a La Pícara Justina; a El Buscón, al Guzmán de Alfarache; al Patio de Monipodio; a Rinconete y Cortadillo; a La Celestina; , y a todos los pícaros que en el mundo han sido.

            Lo que ocurre es que en la clásica picaresca española, el pícaro no dejaba de tener su gracia y mostraba no solo sus habilidades para obtener un maravedí; exhibía su ingenio, y gozaba con su maña para obtenerlo; se enorgullecía de su habilidad, discreción y destreza en cuanto el engaño y labia se refiere.

            Cervantes, Quevedo, entre otros, fueron maestros en mostrarnos esa gracia narrativa, basada, sin duda, en hechos reales. Más cercano a nosotros, Benavente, en sus “Intereses creados” ya afirmaba que “los pobres reían al ver reír a los ricos”; al mismo tiempo que Crispín, que era lo que ahora definiría su conducta como la de un “cara” se carcajeaba de los enamorados preguntándose, casi afirmando, ¿(…) Quién podrá vencernos, si es nuestro el amor?.

           En la literatura picaresca, el pícaro no es más que la razonable consecuencia del hambre; Los pícaros contemplados en la literatura no son más que pobres famélicos, que se contentan con roer un mendrugo de pan, y a lo sumo logran afanar un escuálido racimo de uvas o distraen un corto puñado de aceitunas; y que se exponían, en el caso de que fueran descubiertos, a que el despojado de los frutos, moliera a palos, las más de las veces, las tiernas costillas del ladronzuelo; sin que el perjudicado maltratador tuviera en cuenta, por mucho que así le fuera explicado que ese tipo de maniobras, en el mundo jurídico actual, se califica como por la doctrina penal como “hurto famélico”.

          Y como tal tipo de hurto suele carecer de castigo, el ejecutor de los hechos descritos, tenía que echar a correr tanto como las enflaquecidas piernas le dieran de sí, porque el enfurecido dueño de tales viandas era muy capaz de apretar al rapazuelo el pescuezo y apretárselo hasta que el ejecutor del hecho devolviese a la tierra el producto de su fechoría, eso, si no llevaban al gimiente y lloroso infante a presencia de los golillas, para que éstos pusieran al transgresor de la norma en el rollo del lugar, para vergüenza y escarnio del vil jovenzuelo, ante toda la vecindad.VOLVEMOS A LA PICARESCA

           Y nada que decir cuando el hidalgo ramplón salía a la calle hurgándose los dientes con un palillo con la pretensión de demostrar que había acabado con una suculenta comida. Este tipo de pícaro, prolifera en los días que nos ha tocado vivir

           Pero sobrevino esta locura de la democrática crisis, y me da la impresión de que la picaresca ha resucitado, de forma distinta, claro, pero ha vuelto a sentirse. Ahora el pícaro ya no tiene pizca de gracia. El pícaro actual carece del punto cómico de sus antecesores, de hace unos cuantos siglos Hurta. sin tino, y a veces hasta sin necesidad apremiante; destroza cuanto encuentra; coge cuanto puede, sin límite alguno, pero sin aprovechar el producto del hurto; hurta, porque sí, por hacer gracia, por demostrar a sus compinches que eso del latrocinio, “le va”; por puro divertimento; no duda en engañar, más la farsa carece de gracia; el supuesto engaño resulta basto, ramplón; perjudica con premeditado animo de perjudicar; vive nuestro pícaro en la calle, las más de las veces si finge pobre de solemnidad; afirma que carece de pensión alguna , luego se descubre que todos los meses le cae alguna cantidad; falsea domicilios, altera documentos sin pestañear; acude a comedores de caridad, y afirma que la comida no es buena; se viste con ropas, muchas veces sin estrenar; en no pocas ocasiones, insulta u ofende a quienes le atienden; no se doblega a obedecer la mínima norma; viven en la calle; o simplemente piden limosna para lo que en ocasiones utilizan menores con el fin de provocar sentimientos caritativos; la vida de estos pícaros, ¿pícaros?, se centra en la calle, en la droga o el alcohol…

        ¡Ay¡ aquellos pícaros, hábiles en el hurto, charlatanes con gracejo, que sabían reír de sí mismos y arrancar de nuestro labios una sonrisa; y, por ello, conseguían nuestro perdón, y casi, nuestro agradecimiento. Echamos en falta aquellos pícaros, graciosos, inteligentes, hábiles…; que reían y nos hacían reír con verdadera alegría; que tenían desparpajo en el habla, facilidad en el engaño, habilidad para la mentira, destreza en sus maneras, sentido de responsabilidad en sus acciones.

       Para siempre ha desaparecido esos pícaros literarios, que hicieron de sus picardías una verdadera profesión; que tantas veces nos entretuvieron y deleitaron; que sabían reír por complacer al rico; que acompañaban en el llanto al compañero pobre; que sabiamente, miraban al cielo cuando les llegaba el amor…….

Luis Alvarez Prieto